Los peligros del amor

A mis hijos les gusta jugar con mi papá un juego que inventaron. Sin importar la pregunta, la respuesta del abuelo siempre es la misma: “eso es peligroso”.
-Abuelito, ¿comer es peligroso?.  -Si lo hacen de prisa se pueden atorar y eso es peligroso, él contesta.
-Abuelito, ¿rascarse la nariz es peligroso?.  -Si lo hacen con brusquedad se pueden lastimar y eso es peligroso, él replica.
El juego termina cuando mis niños, agotados de reírse y sin más repertorio, no logran obtener una respuesta diferente; y mientras tanto, una duda me asalta: ¿está la vida llena de peligros?

En 1902 terminó en Colombia la Guerra de los Mil Días y con ello, la espera del capitán del ejército Rafael Bohórquez para casarse con su prometida Lucinda Hernández. A ella, la había conocido tres años antes en el municipio de La Vega, Cundinamarca, cuando estando de guardia, la vio tratando de bajar unas hojas de un platanal, y él, montado en su caballo, las cortó con su espada. Ese mismo día, habló con el padre de la joven y se la encargó, prometiéndole contraer nupcias una vez terminara la guerra que acababa de empezar.
Años después del casamiento, Rafael se convertiría en médico, y reuniría los tres mil pesos en monedas de oro para comprar el terreno en el cual, junto a su amada Lucinda, construiría la finca El Triunfo, la más próspera del municipio de Vergara y la que sería testigo del nacimiento de los quince hijos de la pareja, uno de los cuales sería mi padre.

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Rafael y Lucinda, mis abuelos paternos

Varias décadas después, a quinientos kilómetros de allí, en la ciudad de Cali, Georgina Gómez, una tímida e inexperta muchacha, le daría el sí al viudo y veinte años mayor Lucio Lenis, cuya cónyuge fallecida durante el trabajo de parto era la prima de Georgina.
La nueva esposa había quedado huérfana a temprana edad y desde entonces, su infancia transcurrió entre internados, penurias económicas y malvados cuidadores. Lucio le ofreció a Georgina la oportunidad de dejar esa vida de sufrimiento y conformar una familia con alguien conocido y maduro.
El recién constituido matrimonio se quedaría en la ciudad valluna, viviendo cómodamente del trabajo de él como carpintero en el taller familiar de ebanistería, mientras ella, aprendía a ser una señora. Un año después de la unión, nacería su primogénita Nancy, mi madre.

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Georgina y Lucio, mis abuelos maternos

Ni la boyante finca El Triunfo con su trapiche, cultivos de café y de cacao, cerdos, reses y gallinas y árboles frutales; ni los servicios que prestaba mi abuelo Rafael como médico; ni la numerosa familia, fueron argumentos suficientes para que en 1944 los Yocistas, un grupo del Partido Conservador que se proclamaba defensor de la Santa Madre Iglesia, les dieran a mis abuelos -pertenecientes al Partido Liberal- cuarenta y ocho horas de plazo para abandonar el pueblo.
Al drama de la amenaza, se sumó la grave enfermedad hepática que venía padeciendo la abuela Lucinda, producto de un golpe recibido en el abdomen con el cuerno de la silla de montar; así que, abandonar el terruño en busca de un tratamiento para la madre, atenuó la tristeza del exilio.

En 1951, dos años después del nacimiento de mi mamá en el Valle del Cauca, mis abuelos maternos se mudaron a la ciudad de Bogotá en busca de independencia y de mejores oportunidades laborales. Llegaron al barrio San Fernando por consejo de una familiar. Los inicios no fueron fáciles, y estuvieron llenos de privaciones, pero esto no fue obstáculo para que mi veinteañera abuela se hubiese convertido en una joven sociable, alegre y extrovertida. Justo al frente de su nueva casa había una vivienda peculiar con un consultorio médico incorporado. Allí, vivía una familia numerosa que había llegado a la ciudad algunos años atrás desplazada por rencillas políticas; y el doctor que trabajaba en ese dispensario, padre de esa prole, tenía amplio reconocimiento en el campo de la homeopatía.
Muy pronto, la abuela Georgina se hizo paciente de ese médico, y los hijos de él se convirtieron en amigos de ella, sobre todo uno que tenía su misma edad: se llamaba Carlos y es mi papá.

Mi abuela materna y mi papá estrecharon una verdadera amistad, tanto así, que lo nombró padrino de bautizo de su último hijo, el hermano menor de mi mamá. Como resultado, mi padre con veintiseis años de edad asistió al sacramento de su ahijado de un año, sin siquiera imaginar que ese bebé se convertiría en su cuñado, su amiga en su suegra y la desapercibida hermana del bautizado -de seis años de edad- en su esposa.

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Ceremonia de Bautizo (1956). El primer hombre a la derecha es mi padre, y la niña a su lado es mi madre.

Cuando mi papá tenía treinta y ocho años le propuso matrimonio a mi mamá de dieciocho, a lo que mi abuela se opuso porque no quería que su hija siguiera su ejemplo, casarse con alguien tan mayor lo cual consideraba erróneo. Mi padre, quien no podía hacer nada al respecto, se dispuso a mejorar sus condiciones económicas mientras esperaba a mi madre, quien viajó a los Estados Unidos a probar suerte y regresó un par de años después, convencida de que con quien quería casarse, era ese hombre bondadoso, conocido de toda la vida y quien la doblaba en edad.

Mis padres tienen dos hijos, tres nietos, pocas pertenencias, muchas virtudes y cuarenta y cuatro años de casados, pero literalmente, toda una vida juntos.
Ahora, cada vez que mis hijos a modo de juego le preguntan a mi papá “si eso es peligroso”, pienso que sin la amenaza que recibió el abuelo Rafael para abandonar el pueblo, o sin la aventura que vivió el abuelo Lucio mudándose a la desconocida Bogotá, mis progenitores jamás se hubieran conocido; pero gracias a los riesgos a los que se vieron abocados sus padres, soy testigo de primera mano, de una hermosa historia de amor. 🌸

 

9 comentarios en “Los peligros del amor

  1. Que honor y sorpresa leer esta hermosa historia hoy, creo que en esos tiempos se tejieron muchas historias bonitas como esta, salpicada de contrastes y luchas constantes que nos dejaron unos abuelos y unos padres maravillosos. te lei hoy antes de salir para el festival de Yukata en Tokio y me subire al tren con el dulce recuerdo de esta bonita historia,
    Un abrazo !!!

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  2. Sra. Patricia Bohoquez Lenis.
    Le escuche en Caracol este sabado (5 agosto/2.017) muy interesante su trabajo periodistico,para contribuir con sus personajes y sus relatos. Le suministro el nombre de Ana Maria Cruz profesora en la universidad de Kyoto,radicada en Uji,Japon.Colombiana a destacar. Mi correo electronico: alcatrazvista@gmail.com para ampliar informacion.
    Cordial saludo.
    Mauricio Escobar Uribe.

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  3. Hola Patricia, me alegra que estés tan bien en Japón. Espero que tú Rafa y los niños estén tan felices como siempre. Felicitaciones por tus historias. Sin muy interesantes y inspiradoras. Escuche la entrevista de caracol. Que bien que dejen a Colombia tan bien. Eres una embajadora de todos nosotros. Suerte y salúdame a los tuyos. Visítanos en Dubai si pasan por allá.

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  4. Hola Patricia, me alegra que estés tan bien en Japón. Espero que tú Rafa y los niños estén tan felices como siempre. Felicitaciones por tus historias. Son muy interesantes e inspiradoras. Escuche la entrevista de caracol. Que bien que dejen a Colombia tan bien. Eres una embajadora de todos nosotros. Suerte y salúdame a los tuyos. Visítanos en Dubai si pasan por allá.

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