La reina filipina

Los casi ciento veinte asistentes al certamen -en su mayoría asiáticos- miraban atónitos a la bulliciosa familia colombiana, tan diferente a ellos, gritando a pleno pulmón: “¡Razel, Razel, Razel!” mientras agitaban una pancarta de manufactura casera. El evento: Mi Princesa de Hadas 2014, un reinado de belleza singapurense cuyas treintas participantes de origen filipino, indonesio, birmano y malayo son empleadas domésticas que por un día dejan los oficios para vestirse con lentejuelas y satines.

Nuestra querida Razel Bagaoisan Corrales, una espléndida filipina en sus treintas, maciza, morena, de mediana estatura, blanca sonrisa y pelo negro -quien nos asistió en las tareas del hogar por varios años- fue una de las concursantes. Su preparación duró algunas semanas. Atendió numerosos ensayos, eligió cuidadosamente el vestuario y compró fantasías que lucían como finas joyas. Días antes de la ceremonia me mostró los tacones que usaría, tan altos como lo es ella en integridad. Mi hija Lucía los probó mientras yo hacía espacio en el closet para acomodar su ajuar.

Razel no ganó el reinado, pero logró la honrosa distinción Señorita Aloha, con lo cual el jurado acertó premiando a quien refleja el significado de la palabra hawaiana: amor y respeto. Y es que ella, sin lugar a dudas, fue la mejor parte de nuestra experiencia en Singapur, y no por tener la casa reluciente, la cena lista y las camisas planchadas, sino por su cariño, con el que nos dio una tremenda lección de vida.

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Como ella, llegan a Singapur centenares de mujeres provenientes de Filipinas, un exótico país insular del Sudeste Asiático, cuyos habitantes hablan inglés, tienen nombres en español y recorren dos mil cuatrocientos kilómetros en busca del “sueño asiático”. Su objetivo: emplearse como ayudantes del hogar en un país donde una de cada cinco familias contrata servicio doméstico, para ganar un salario que cuadriplica el que obtendrían en su lugar de origen.

La conocí en mi casa cuando atendió una entrevista de trabajo. Días antes, había hablado con una veintena de aspirantes y ninguna me satisfacía. Rechacé cualquier postulante sin hijos porque necesitaba la experticia con niños, y reconozco que por mi entrenamiento en Salud Mental formulé preguntas inesperadas que ocasionaron más de una incomodidad. Acepté entrevistar a Razel por insistencia de su agente a pesar de que no cumplía mi principal requisito: no era madre. Con ella sentí algo distinto. Me sorprendió su prolija conversación y su cuidada apariencia. Me gustó la humildad con que respondió cada pregunta y me cautivó una sincera muestra de ternura que tuvo con mis niños cuando se le acercaron. Al indagar si tenía experiencia manejando perros su respuesta fue la mejor: “no tengo ningún conocimiento, nunca he cuidado uno, pero si me enseña haré lo mejor”. Su honestidad me asombró. Al día siguiente la contratamos y desde entonces, se convirtió en un miembro más de la familia, en la mejor compañera de mis hijos y en una de las personas favoritas de mi perro.

Razel es oriunda de Ilocos Norte, una pequeña provincia agrícola del noroeste de Luzón, el mayor de los tres grupos de islas que conforman el archipiélago filipino. Es la segunda de seis hermanos de una humilde familia campesina. A muy temprana edad dejó las muñecas para tomar el azadón, y durante las vacaciones trabajaba como empleada doméstica para pagarse los útiles escolares. Habiéndose graduado de bachiller se mudó a Manila, donde se inscribió para trabajar como asistente del hogar en Singapur. De esta manera, hace ya trece años, se hizo parte de la mano de obra que exporta un país cuyo salario mínimo ronda los ciento cincuenta dólares mensuales, el veintiocho por ciento de la población está por debajo de la línea de pobreza y uno de cada diez filipinos trabaja en el exterior, aportándole a la nación el diez por ciento del producto interno bruto en remesas.

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A estas mujeres, la ley singapurense les prohíbe trabajar en oficio diferente al servicio doméstico. Muchas son enfermeras, técnicas en diferentes áreas o maestras. Además, tienen vedado traer a sus familias, vivir en un domicilio diferente a la casa de su empleador, casarse o quedar embarazadas. Si llegase a ocurrir esto último, deberán abandonar el país para tener a su bebé o acudir al aborto, el cual es aprobado en Singapur. A pesar de todo, para ellas vale la pena, porque con el dinero enviado educan a sus hijos, sostienen sus hogares, construyen una casa o ahorran para un futuro sin tanto sacrificio.

Descubrimos que Razel había aprendido español un día que mi esposo contó un chiste y ella soltó una carcajada. Su deseo de interactuar en nuestra lengua materna y la atención que prestaba a cada palabra, la llevó a conocer el idioma en poco tiempo, dejando perplejos a mis paisanos cuando les preguntaba: “¿quieren tomar un tinto?”. De igual manera, memorizó a la perfección nuestras recetas favoritas luciéndose en cada reunión en la que no faltaban los halagos para quien había preparado las suculentas arepas, las crocantes empanadas o la deliciosa bandeja paisa. A mis visitantes, siempre los recibió con tanta alegría y amabilidad que hoy en día la siguen recordando; y la familia, quien la sintió como una más, no paró de preguntar cuando dejamos Singapur: “¿qué será de ustedes sin ella y de ella sin ustedes?”.

Aunque soñaba con ser médica, el haberle pagado los estudios universitarios a tres de sus hermanos y el continuar siendo un soporte económico para sus padres, disipan cualquier frustración. En lugar de eso, anhela volver a su país algún día, constituir una familia y tener su propia pastelería con dulces creaciones. Y es que a ella la dulzura le sobra. Imposible olvidar sus cálidos abrazos, o las flores que me obsequiaba para San Valentín, o los carteles y globos de colores con los que nos daba la bienvenida cuando volvíamos de un largo viaje, o los regalos y besos con los que colmaba a mis niños en cada ocasión especial, o la comida típica que le traía a mi esposo desde su natal Filipinas, o las emotivas tarjetas que nos escribía en Navidad. Ella, la que tuvo que abandonar a su familia para ir a cuidar a otra, no ganó el concurso de belleza, pero los cuidados, los mimos, la entrega y el afecto que nos profesó hicieron que se nos metiera en el alma y la proclamáramos nuestra reina, una sin cetro ni corona pero con un corazón lleno de tesoros. 🌸

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* BASAHIN ANG ARTIKULONG ITO SA TAGALOG *

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