Mi desnudez

En el ejercicio de la medicina me acostumbré a ver el cuerpo desnudo de mis pacientes, pero nunca me visualicé despojada de ropa frente a un grupo de personas. Y si en algún momento mi pensamiento hubiese contemplado esa situación, lo habría hecho años atrás, cuando la anatomía era más complaciente conmigo.

Para la cultura japonesa, desde la antigüedad, el baño ha sido uno de los momentos más significativos. La acción de sumergirse en el agua se asocia no solo con la limpieza del cuerpo sino también con la del espíritu. Esto basado en la creencia de las dos principales religiones de Japón: el Budismo y el Sintoísmo, que le otorgan al agua el don de la purificación.

La generosa topografía volcánica e hídrica del país lo beneficia con más de 27.000 fuentes termales, cuyas propiedades se empezaron a describir ya en el año 700 en los escritos japoneses: “si uno se baña una vez, embellece su aspecto; si lo hace dos, curará sus enfermedades”. Hay otros textos que describen como en el siglo XVI los samurais se sumergían en termas después de las batallas, para curar las heridas y aliviar la tensión. Estos baños públicos de aguas termales naturales que emanan directamente de la tierra se llaman Onsen.

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Onsen. Cortesía: rebrn.com

Por otro lado, están los Sentōs, que son casas de baño surtidas de agua termal recalentada que ya se describían en el siglo XII. Los grandes templos budistas contaban con baños públicos en los que las clases populares podían bañarse gratuitamente -a falta de duchas en las casas- mientras escuchaban las enseñanzas religiosas. Ya en tiempos más recientes los japoneses siguieron la tradición de bañarse en los Sentōs (localizados en cada barrio), convirtiéndolos así en epicentros de la vida social.

Sea en un Onsen o en un Sentō, sumergirse en el agua caliente de estos baños públicos está tan arraigado a la cultura, que sería impensable desligar a Japón de esta milenaria costumbre. Asistir a los baños comunales es tan vigente (debido a las propiedades medicinales, estéticas y relajantes de sus aguas) que su práctica se hace de forma rutinaria, bien sea solo o acompañado, en un día normal o en uno especial, pero siempre bajo un requisito sine qua non: entrar completamente desnudo.

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Sentō. Cortesía: japantimes.co.jo

Y aquí aparezco en la historia. Estoy en la recepción de un popular Onsen de Tokio, más parecido a un hotel de lujo que a un baño público. Después de dejar mis zapatos en un casillero, me entregan una bolsa surtida con dos pequeñas toallas y una pijama color rosa, y me ponen en la muñeca una llave atada a una manilla. Me indican que debo cruzar por una cortina.

El escenario del otro lado me tomó por sorpresa: en un espacio generoso, sobriamente decorado y provisto de rotenburos (piscina termal al aire libre), ofuros (piscina termal bajo techo), baño turco, sauna, jacuzzi y áreas de descanso, camina un ejército de mujeres desnudas, de variadas edades y características raciales, cuya única prenda es una minúscula toalla en la cabeza usada para secar el rostro y una manilla en la muñeca.

Hasta este punto me encuentro completamente vestida a excepción de los pies. Me dirijo al casillero cuyo número está indicado en la llave de mi pulsera y empiezo a desvestirme con lentitud y con vergüenza. Queriendo esconder mi cuerpo desnudo, me dirijo de prisa a un rotenburo que se encuentra ubicado en el centro de un precioso jardín japonés. Allí, donde por techo tengo el cielo, por paredes los árboles, por ropa aguas medicinales a 45 grados centígrados y por compañía decenas de mujeres en mi misma condición, algo dentro de mí se transforma y la timidez me abandona. La sensación es inexplicable, quizá placer. Pronto me veo envuelta en una atmósfera espiritual y una tremenda comodidad con mi cuerpo.

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Rotenburo. Cortesía: aguide2japan.com

Aunque la desnudez es una sola, las diferencias anatómicas saltan a la vista pero a nadie parece importarle. No hay ojos que se fijen en el cuerpo de alguien más. Pareciera que “el código de vestimenta” es cubrirse de respeto y dejarse llevar por las magníficas propiedades de estas aguas termales, que para mí, tienen algo de magia.

En una instalación aparte se encuentra el Sentō masculino, siendo el restaurante y la recepción las zonas de encuentro de mujeres y hombres donde se les ve caminando descalzos provistos de idénticas pijamas de algodón.

En medio del frenesí de una mega-metrópoli donde los trenes bala, los robots y los rascacielos hacen parte de la escena diaria, los baños públicos son remansos de paz para el cuerpo y para el alma. Si a esto le sumo el hecho de estar completamente desnuda, a la intemperie, en pleno invierno y rodeada de otras mujeres, se crea en mi mente un entorno místico que modifica mi mirada.

Estando en el baño público no solo desvestí mi cuerpo, siendo esto lo menos trascendental. El verdadero cambio fue haber desnudado el alma, despojándome de los prejuicios que fueron ensuciándome. Sí, realmente el Onsen me purificó, pero de una forma inesperada. Limpió mis temores, aseó mis escrúpulos y lavó mis complejos. Creo que no volveré a ser la misma, siendo la gran paradoja de esta experiencia el haberme sentido más abrigada cuando en realidad estaba completamente desnuda. 🌸

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