Un verde elixir

Para entrar por la diminuta puerta del salón hay que gatear. Ya del otro lado, todos somos iguales. Agacharnos nos libra de arrogancias, nos hace humildes. Desprovistos de zapatos, abrigos o cualquier atavío, evocamos a los samuráis, quienes hace cientos de años realizaban el mismo ritual. Dejaban de lado armaduras, cascos y armas, y se inclinaban para pasar por la estrechez de la entrada. Contrario a lo que se pensaría, los legendarios guerreros no habían acudido para elaborar un plan de batalla. Estaban allí, en busca de serenidad, celebrando la misma ceremonia de la cual yo también sería partícipe. Estoy hablando de uno de los más bellos y delicados rituales japoneses: la ceremonia del té.

La costumbre de tomar té fue introducida a Japón, en el siglo IX, por los monjes budistas provenientes de China. En un inicio la adoptaron las clases altas, y posteriormente, en el siglo XII, los monasterios budistas zen empezaron a usar el té durante los rituales religiosos. Pero quienes erigieron los pilares de la ceremonia que se sigue celebrando ocho siglos después, combinando códigos marciales con elementos del pensamiento zen, fueron los samuráis en el siglo XIII.

Mientras espero en silencio, contemplo la pequeña habitación, cuya estética sobria y austera caracterizarán el ritual. A mi espalda, un sencillo arreglo con flores de la temporada; a mi lado, un pergamino escrito con caligrafía japonesa; y de frente, ordenados sobre el piso, los cinco elementos zen representados en los objetos de la ceremonia: la tierra de los cuencos donde se servirá el té, el metal de la tetera de hierro, el agua para diluir el té, la madera del carbón que mantendrá el fuego y el fuego mismo contenido en el brasero.

Por otra puerta, distinta a la que crucé, y de una altura superior, entra la sensei. La sutileza y delicadeza de sus pasos, y el precioso kimono de seda gris, le dan aún más gracia y refinamiento a la septuagenaria maestra de té, quien practica el arte de esta ceremonia hace más de cuatro décadas, y quien menciona que aún le falta mucho por aprender.

Siguiendo la tradición, se arrodilla gentilmente y saca de su obi (fajón del kimono) un abanico que mantiene cerrado frente a ella, en el suelo, para saludar a los presentes. Empieza la ceremonia con las mismas palabras que se vienen repitiendo siglos atrás: “estamos viviendo un encuentro único e irrepetible, que debemos atesorar en nuestra memoria”. Nos invita a la relajación y al disfrute del ritual. La ceremonia del té se basa en cuatro principios: la armonía, el respeto, la tranquilidad y la pureza; y de ahí que cada gesto, cada movimiento, cada palabra, cada utensilio, cada venia, cada mirada, tengan un profundo significado.

De un pequeño recipiente con incrustaciones de oro, y con ayuda de una fina cucharilla de bambú, extrae el que será mi elixir: un fino polvo verde llamado matcha, obtenido de la hoja molida de té verde. Lo deposita en el cuenco que escogió para mí, un tazón cuya simpleza e irregularidad nos recuerda que la belleza se encuentra en la imperfección. Después toma un cucharón largo de bambú, con en el que saca agua de la tetera de hierro forjado, y la vierte en el cuenco. Devuelve el cucharón a la tetera, recordando la destreza de los samuráis en el manejo de la espada, y empieza a batir la mezcla con ayuda de un agitador, también de bambú, con movimientos tan rápidos como elegantes.

Maestra de té. Cortesía @pauleonbravo

Me ofrece la taza de té. La pongo sobre mi palma abierta, mientras la sostengo con la otra. Antes de tomar, observo el frente del cuenco. La maestra quiere que lo aprecie. Allí encontraré una hendidura, un dibujo o un grabado. Giro el tazón ciento ochenta grados y empiezo a beber, no sería grácil hacerlo por la cara artística. Después de tres o cuatro sorbos, termino y giro de nuevo la taza para entregársela a la maestra. Ejecuto una venia acompañada de agradecimientos y halagos por la calidad del té.

El ritual es todo un estímulo para los sentidos. El sonido del agua vertida en el cuenco, la belleza de los utensilios, la fragancia y el sabor del té recién preparado y el calor de mis manos que rodean el cuenco.

Si quisiera ser concreta y simplista, diría que la ceremonia del té no es más que un riguroso protocolo para tomar una taza de matcha. Pero su verdadero significado va más allá de lo que ven los ojos. Es un ritual purificador y relajante, colmado de convicciones profundas, donde la simplicidad y la moderación se apoderan del espacio y nos invitan a encontrar la belleza en la sencillez. La ceremonia nos lleva a la reflexión que muchos han hecho antes y que en nuestros agitados días parece tener más sentido: las mejores cosas de la vida, no son cosas. 🌸

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