El arcoíris de la muerte

Quedan pocos espacios. Varios observan de pie, otros en cuclillas y la mayoría sentados en resquebrajadas escalinatas de cemento. Escogí la primera fila. Un poco más atrás, una joven hindú envuelta en una tela roja brillante amamanta a un bebé; junto a la que está a su lado, una mujer con túnica amarillo chillón, y con la que está un poco más allá, vestida de fucsia con velo en la cabeza, parecen un arcoíris, pero no es precisamente esperanza -uno de los símbolos del fenómeno óptico- lo que pareciera sentirse aquí. Aunque la mayoría de la audiencia guarda silencio, se escuchan murmullos, vocecitas infantiles, resoplos y obturadores fotográficos. Estamos separados de “el espectáculo” por un río pestilente y verduzco donde perros, monos, aves carroñeras y niños enjutos compiten por agarrar lo que flota: un tronco de madera, una botella vacía, una bolsa de basura o el trozo de un cuerpo humano que no se quemó.

Aryaghat, asentado en la orilla del río Bagmati al noreste de Katmandú, es el crematorio al aire libre más grande de Nepal. El Bagmati es afluente del Ganges, los dos ríos sagrados para el hinduismo, donde aparte de ropa se lavan pecados. El último deseo ritual de un hindú es que sus cenizas sean lanzadas a estas aguas. Es por ello, que esta suerte de crematorio industrial que data del siglo V, quema cadáveres a diestra y siniestra veinticuatro horas al día, a la vista de dolientes, mirones y turistas, mientras un río putrefacto se traga las cenizas en el mejor de los casos; en el peor, restos humanos incólumes al fuego.

Miradas tremebundas de forasteros, gestos apacibles de locales.

El río, con sus escasos siete metros de ancho, más que una frontera entre los que miramos y los que se queman, delimita un espacio imaginario entre la vida y la muerte. De este lado, una masa de humanos expectantes de distintos colores, idiomas y credos. Del otro, cadáveres chamuscados uniformados con sábanas.

Una pareja de turistas con aire de jubilados, zapatillas deportivas y anticuados lentes oscuros, abandona el lugar apresuradamente. ¿Sus creencias religiosas (o no religiosas) los habrán hecho sucumbir? ¿o más bien sería el revoltijo de estómago producto del olor a carne quemada?

Para los hindúes, la cremación rompe los apegos del cuerpo con el alma, logrando que ésta se purifique y libere, pasando a su próximo círculo de vida. La cremación al aire libre consigue que el alma haga un viaje seguro al cielo, evitando que quede como un fantasma. Justamente por esto, el crematorio eléctrico abierto en el 2016 al lado de Aryaghat no ha tenido el éxito esperado. Pese a la evidente ventaja de disminuir la contaminación del río y la emisión de dióxido de carbono, frenar la tala de cientos de kilos de madera que necesita un cuerpo para arder, y cobrar 3.000 rupias, y no las 12.000 que cuesta la cremación abierta, poco se puede hacer frente a la creencia de que esas máquinas confunden el alma y la atrapan.

La cremación tiene lugar dentro de las veinticuatro horas posteriores a la muerte. Paredes blancas desconchadas demarcan salas donde se mezclan cadáveres, moribundos que esperan su hora, médicos que dictaminan quien falleció y familiares prestos a iniciar los ritos fúnebres.

El difunto es desvestido, lavado, ungido, decorado, y vuelvo a vestir, con sábanas color azafrán. En una camilla de bambú es transportado al campo crematorio, más parecido a una calle a medio pavimentar que a un lugar sacro. A partir de ese momento, pasa a ser un acto público que puedo observar desde la otra orilla. El cuerpo es puesto en una losa de piedra angosta, larga e inclinada que se sumerge parcialmente en el río. Le lavan los pies y la cara, y le echan chorros de agua en la boca.

“Las sillas” de los espectadores se ocupan y desocupan con la rapidez con la que ocurre en un tren de ciudad. Ningún extranjero se mira. Detrás de mí un pequeño grupo de adultos y niños nepaleses se sienta en círculo, indiferente a lo que ocurre. En el centro ponen bolsas de donde sacan ¿ofrendas? ¿comida? ¿Se puede tener hambre en un momento así? Para los hindúes la muerte es un nuevo nacimiento.

Miradas tremebundas de forasteros, gestos apacibles de locales.

Después del baño de río, el cadavér es puesto en el ghat: un montículo de piedra elevado, del tamaño de una cama matrimonial grande, que reposa sobre unas escaleras que descienden al Bagmati. Encima del ghat se arma un lecho de troncos de sándalo que llega a pesar trescientos kilos; sobre éstos, el cuerpo, alrededor de él, los allegados. No hay manifestaciones públicas de dolor, éstas, para los hindúes, perturban el alma del difunto. El pariente masculino más cercano enciende un trozo de sándalo introducido en la boca del cadáver, el cual es cubierto con paja. Un asistente prende fuego a la madera. Se necesitan entre tres y cinco horas para reducir el cuerpo a cenizas. 

Desde mi lado, observo elevadas columnas de humo danzante que como cuerdas unen los cuerpos ardientes con el cielo lechoso. Desde su lado, el fuego ejecuta sin prisa el último ritual del ciclo de vida de un hindú. Por momentos, cuando el susurro de la muchedumbre desvanece, se escuchan estallidos. Provienen de los órganos de los cadáveres; situación repulsiva para los foráneos pero esperada por los familiares. Si el cráneo explota, el alma partió al cielo, si no sucede, el principal doliente debe romperlo con una vara de bambú.

Una vez el cuerpo está completamente quemado, los restos de la pira se lanzan al río. ¿Habría querido el Bagmati devorar día y noche miles de despojos humanos convertidos ceniza? Una jauría de niños famélicos se lanza al agua. En un día de suerte podrían encontrar una joya o un diente de oro perteneciente al finado.

Hechizo mi conmoción desplazándome a la plaza Durbar, a escasos cuatro kilómetros de Aryaghat. Antiguamente, Durbar fue asentamiento del Palacio Real de Katmandú; en la actualidad, testigo mudo de monumentos patrimonio de la humanidad a punto de colapsar, es refugio de vendedores ambulantes, mendigos disfrazados de ascetas, vacas que toman la siesta, niños que juegan con piedras y palos, y turistas risueños. 

Mi visita coincide con un festival Hare Krishna. Un cuarteto de jóvenes con cabeza rapada, túnica amarilla recogida en los muslos y sandalias sintéticas, canta y baila enérgicamente en una improvisada tarima. La multitud a su alrededor aplaude. Durbar celebra la vida. Aryaghat celebra la muerte, ¿acaso es indigno celebrarla? Siendo la muerte parte de la vida, ¿estaría mal ponerse de pie ante ese acto final y contemplarlo?

Miradas tremebundas de forasteros, gestos apacibles de locales. 🌸

1 Comment

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s